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Parejas


¿Lanzada o decidida?
Por TodaMujer.com,
Antes era muy mal visto que la mujer tomara la iniciativa para conquistar a un hombre, pero los tiempos han cambiado y ahora puedes decidir a quién quieres a tu lado y no esperar hasta que él se anime.

Cuando ellas se lanzan primero:
La opinión de la familia


Escribo estas líneas gracias a la iniciativa de una lectora que quiere saber cómo vemos los hombres a las mujeres que se lanzan abiertamente.

Como siempre, habré de reducirme a dar no una respuesta única (no la hay) sino varias, pues soy un defensor acérrimo de la diversidad y esto implica asumir que no todos los hombres (ni todas las mujeres, ni todos los homosexuales, ni todos los viejos, ni todos los niños, ni todos los todos) reaccionan igual frente a un mismo estímulo.

Al pensar durante varios días en el dilema en el que me colocaba al intentar contestar esta pregunta, se me venían a la mente imágenes y situaciones de toda mi vida. Pero hubo una que regresó recurrentemente con un sentimiento de indignación, así que comenzaré por ahí.

Cuando era joven, feliz e indocumentado tuve la fortuna de, por primera vez, hacerme novio con una persona excepcional. Ella era aparentemente tímida, pero no tenía el menor empacho en hablarme por teléfono todos los días. A ambos nos parecía de lo más lógico, pues mis actividades eran un tanto sedentarias y siempre estaba en la casa de mis padres, y las suyas eran un poco más peripatéticas y gran parte del tiempo estaba en la calle. Esto nos hizo creer que lo más adecuado era que ella me llamara a mí cuando estaba en su casa.

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Pero a mi madre y a mis seis hermanas (ahora pienso, instaladas en el machismo) les parecía fatal el asunto. Por un lado sucedía que, cuando a ella se le ocurría llamar, era seguro que bloquearíamos la línea telefónica por lo menos durante media hora. Así que la consigna represiva fue una guerra de todas ellas contra la novia del hermano (a través del hermano), haciendo comentarios despectivos pues "una mujer que busca a un hombre es una rogona". Curiosamente mi padre, que en una lectura plana debía haber sido el macho castrante, veía el asunto con beneplácito, pues de esa manera la cuenta del teléfono correría a cargo de la familia de ella.

El argumento era simple: "Si todas nosotras esperamos a que nos hablen nuestros novios, para que sus familias no piensen mal de nosotras, por qué razón ella te habla a ti". El subtexto era: "Justamente cuando nosotras estamos esperando llamada, ustedes ocupan el teléfono y no tenemos oportunidad de hablar después". Mi respuesta era muy simple: "Pues no sean tontas y háblenles cuando el teléfono esté desocupado y manden a la goma el qué dirán".

En la retórica de colegio de monjas de mis hermanas, la manera de aniquilar cualquier posible diálogo era aseverar: "No, porque nosotras no somos unas rogonas". Y digo que ahí terminaba cualquier posibilidad de comunicación, pues siempre he considerado que la mejor manera de impedir entender al otro es incurrir en injurias e insultos, y a mí me dolía profundamente que lastimaran con ese adjetivo a la persona que yo amaba.

Yo, el hombre, nunca consideré que por el hecho de buscarme ella fuera una rogona, y nunca he visto mal que una mujer le diga sus sentimientos a un hombre antes de que él abra cartas. Por cierto, una de las cosas que más me indignaba de ese trato despectivo era que yo sabía que su personalidad no era la de una rogona; sabía que existen y son arcilla de otra materia.

Más tarde, el mismo gineceo le puso un apodo a una ex novia de otro hermano que, mucho tiempo después de que habían terminado, lo seguía buscando: la crema de cacahuate, pues por aquellos años estaba de moda un chiste de un locutor que anunciaba crema de cacahuate, la misma se le pegaba al paladar y el chiste podía prolongarse indefinidamente, dependiendo de la capacidad mímica del contante, que, al terminar cada parte de la exposición, tenía que decir, balbuceando con una lengua pegajosa: "y la crema de cacahuate…, persiste".

Creo que desde entonces tomé la firme resolución, indignado por la manera peyorativa con las que las propias mujeres de mi familia trataban a otras mujeres, de ver con total solidaridad a las mujeres que se les pega la gana tener iniciativas de cualquier índole. Por otra parte, debo confesar que me resulta cómodo, pues como yo mismo tengo una dificultad congénita para llevar la iniciativa y me aterra la incertidumbre del momento del lance; cuando alguna mujer me ha querido empezar a insinuar algo, de inmediato le allano el camino y le hago ver si es posible o no seguir adelante.

Sigue la nota...
· A la conquista de un hombre: lo que opinan ellos

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