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Familia: Embarazo


El embarazo: pérdidas y ganancias
Por Gabriela Igartua, TodaMujer.com

Toda nuestra vida la pasamos en procesos continuos de adaptación a nuevas situaciones.


La primera pérdida la enfrentamos al dejar el vientre materno e incorporarnos a este mundo; de ahí en adelante vivimos un sinnúmero de pérdidas, algunas naturales –que tienen que ver con factores internos–, y otras que se deben a factores externos. Ejemplo de éstas son: el paso de ser bebés a la niñez; de ésta a la adolescencia y, sobre todo, de la edad adulta a la vejez; dejar de ser hijas únicas; el cambio de casa, de escuela o de país; la separación de un amigo o un amante; la muerte de un ser querido...


Por supuesto, la experiencia de la pérdida es muy distinta en cada caso, pero en todos existe la presencia de dolor, es por eso que se vive el duelo.


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Hoy nos referiremos al embarazo como un proceso que nos cambia la vida en muchos sentidos. Concebir un hijo es, en la mayoría de los casos, una experiencia maravillosa, pero indudablemente implica también una serie de pérdidas: en primer lugar es un cambio biológico importante que nos lleva a asumir una transformación de nuestro cuerpo, pues no volverá a ser el mismo de antes, cuando menos no por los nueve meses que dura el embarazo y por el número de meses que decidamos amamantar a ese hijo o hija, si no es que por siempre.


Esto significa una pérdida de nuestra identidad. El espejo nos refleja una imagen distinta a la que estábamos acostumbradas: el vientre y las mamas crecen por días; los pezones se oscurecen y se agrandan; el ombligo se salta; el pelo se cae; las piernas se hinchan, etc.


Durante el embarazo también se presentan cambios hormonales y psicológicos que nos llevan a estar mucho más sensibles de lo normal. Nuestra energía está canalizada al desarrollo y la nutrición de ese nuevo ser, así que el cambio en el biorritmo hace que nos sintamos cansadas y con sueño. Por lo tanto, es probable que la cantidad de actividades que llevemos a cabo se reduzcan y, en algunos casos, se modifiquen sustancialmente, entre ellas la actividad sexual, lo que tiene repercusiones en la pareja si no sabe acomodarse a la situación extraordinaria.


Es cierto que, en el caso del embarazo, el resultado final compensa en mucho dichas pérdidas. Pero también es una realidad que debemos renunciar a otras cosas.


Por eso, conocer y reconocer lo que nos pasa, nos permite estar en posibilidad de procesar los duelos por las pérdidas y aceptar las emociones que les acompañan: la negación, el enojo, la inseguridad, el miedo al futuro, la tristeza, el dolor, la frustración.


Es esencial identificar estos sentimientos o estados, no engañarnos o pensar que no podemos o debemos experimentarlos ahora, porque sólo en la medida en que nos atrevamos a cruzar la puerta para sentirlos podremos encontrar la tranquilidad, la alegría, el placer, la seguridad, la aceptación, la confianza.


Si nos damos tiempo para reflexionar y platicar sobre lo que el embarazo y el nacimiento de un nuevo miembro va a impactar en la dinámica familiar, lo más seguro es que esos cambios no nos tomen por sorpresa ni trastoquen la relación con la pareja y con el resto de la familia.


Reconocer nuestros sentimientos, pedir ayuda, aceptarnos, es dar paso a la confianza y la esperanza de que estamos ante una nueva experiencia que nos hará crecer y nos nutrirá.


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